| Natalicio de La Cacica
Valledupar, 1 de agosto de 2006
“Consuelo ungida por Dios”: Padre Enrique Iceda
En el cementerio central de Valledupar se conmemoró el natalicio de Consuelo Araujonoguera que contempló una ofrenda floral en su tumba, una oración por su eterno descanso y en horas de la tarde una misa en la Catedral del Rosario.
Se honró su memoria y se reconoció su paso por la vida y aunque la violencia se la arrebatara, dejó legados imperecederos que ni la guerra ni la ceguera de los asesinos podrán borrar jamás.
El encargado de presidir la sencilla ceremonia fue el padre Enrique Luis Iceda Guerra, quien destacó la vida y obra de Consuelo Araujonoguera.
“Consuelo fue una mujer ungida por Dios y su vida y obra será un ejemplo de generación en generación. Ella tuvo grandes alegrías, triunfos maravillosos y también sufrimientos que le arrancaron la vida. Consuelo fue una mujer virtuosa que se entregó a la causa de la música vallenata a través del Festival de la Leyenda Vallenata y supo darle la altura necesaria a este bello folclor que hoy recorre el mundo”, dijo el padre Iceda.

Al acto asistieron el gobernador del Cesar, Hernando Molina Araujo; el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araujo, familiares y amigos, los cuales entonaron cánticos y elevaron sus oraciones por el eterno descanso de La Cacica, Consuelo Araujonoguera.
MONÓLOGO DE CONSUELO ARAUJO
Dentro de la ceremonia religiosa el profesor, escritor y poeta José Atuesta Mindiola, leyó el monólogo de Consuelo Araujo.
Sólo fui una mujer
temerosa del Supremo Redentor.
Decidida a las bondades del trabajo
logré vencer el cansancio de las horas.
Me soñaba serena
en la fragilidad de los atardeceres,
ungida a la graciosa aventura de los nietos.
Afortunada de no tener pies de barro
anduve sobre los estambres de la lluvia
para embellecer los designios de la muerte.
Abrí mi corazón para guiar a los juglares
a la pirámide mestiza de la fiesta.
Dejé flores de mi alegría regadas
en el rebuje sonoro del tambor:
Glorioso cantar de tardes piloneras
evocando el rito ancestral del maíz.
La música fue un candor de primavera
en el edén interrumpido de mi tiempo.
Una nota triste me hablaba en el alma
con el hondo gemido de un palenque.
Amé al Guatapurí que trenza
con sigilo su leyenda,
a la cofradía santoral del Ecce Homo,
a la trinitaria que florece
como gajo de lucero,
al bosque amarillo vigilante de los sueños
donde el ave que canta no se ve.
Generosos han sido ustedes conmigo.
Los elogios son alas
para la levedad del espíritu.
La pureza es virtud de los ángeles.
Fui luz intensa en mis aciertos
y débil sombra en mis errores.
De luz y sombra somos todos.
Quemadura y esplendor son las dos caras del sol
para el lente inquisidor del ser humano.

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